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martes, 13 de enero de 2009

El visitante

Esta historia la escribí hace unos... 6 ó 7 años, cuando tenía 14 ó 15, para un trabajo de clase. La historia quedó en el olvido, y de pronto estuve varios días con el recuerdo de la historia en la cabeza, dándome la tabarra igual que se la daba Pepito Grillo a Pinocho.La historia original ya no exíste, porque la escribí en el ordenador viejo, y éste se estropeó, así que perdí tanto la de El visitante como la de Caperucita roja y los tres cerditos (no sabéis como la liaban los cuatro contra el lobo XD).
Así que he vuelto a reescribirla, con la ventaja de que más de un lustro me ha proporcionado nuevo vocabulario y mejor expresión escrita.Le tengo un cariño muy especial a este relato, es mi "niño mimado".Ahora sí, ya no me enrollo más. Espero que os guste.

(C) Este relato está sujeto a derechos de autor, la obra ya está registrada como mía, así que olvidaos de la idea de plagio, porque puedo demostrar que soy la autora.

El visitante

Atravesé la puerta de entrada de mi casa y tiré sobre la mesita del recibidor mi mochila, llena a rebosar de libros. Abrí la puerta de cristal tintado que conducía al comedor, con la intención de cruzarlo y dirigirme a la cocina para merendar, pero mis planes se vieron frustrados al contemplar una curiosa estampa.
Mi padre estaba sentado en el sillón, ocultando la cara tras una alargada máscara antigás, que solo Dios sabe de dónde había salido, y con unas patas de rana en los pies sustituyendo sus habituales zapatillas a cuadros. Mi mirada viajó hasta la derecha, y se centró en el sillón que se hallaba junto al primero, separado de éste por una pequeña mesa con una sospechosa botella. Un ser verde, de pies alargados, barriga redonda y pronunciada y una trompa de un palmo destacando en su… cara, supuestamente, permanecía en la butaca mientras me contemplaba con sus pequeños ojos negros.
Redirigí la mirada a mi padre.
– ¿Papá?
– Dime, nena.
Su voz sonaba distorsionada a causa de la máscara. Señalé a su acompañante con la mano.
– ¿Qué es esto, papá? ¿Una broma? ¿Se ha adelantado Carnaval este año?
Miré de refilón al personaje color oliva que se hallaba a mi derecha. Posiblemente, la única explicación razonable para aquello sería un buen disfraz.
– ¿Carnaval? ¡Qué va, nena! ¿En serio te parece un disfraz?
¿Realmente quería que respondiera a esa pregunta?
Mi padre se levantó del asiento, se quitó la máscara, dejándola sobre la butaca que acababa de abandonar, y se encaminó hasta mí con andares torpes como consecuencia de las aletas, que aún permanecían en sus pies.
– Mira cariño, yo te explico. Éste es Tumk, y es un extraterrestre proveniente del espacio exterior.
Abrí desmesuradamente los ojos, presa del asombro. En cuanto mi padre empezó a hablar a mi lado, me di perfecta cuenta del olor a alcohol que emanaba, pero aquella historia ya era demasiado.
– Tumk –continuó mi padre– proviene de un planeta muy lejano, del planeta WYX, en la galaxia… no sé hija, su galaxia tiene un nombre muy raro, la verdad. El caso es que Tumk está viajando por el espacio y ha querido visitar la Tierra, y le he invitado a casa para demostrar que los terrícolas somos muy hospitalarios.
– ¡Claro que sí, papá! Y el hecho de que apestes a alcohol es algo irrelevante, ¿no?
– ¿Alcohol? Cariño, me ofendes. Yo no estoy borracho, y ni me he acercado siquiera a una botella de alcohol.
Enarqué una ceja.
– ¿En serio pretendes colarme ese gol, papá?
Mi padre sacudió la cabeza y chasqueó la lengua.
– Es que te lo tengo que explicar todo, nena.
Se dirigió tambaleante a la mesa que se hallaba entre los dos sillones, mientras los ojos de ese tal Tumk le observaban, atentos. Cogió la botella y me la mostró, igual que si hubiera recibido un Oscar, podía ver el premio, pero no podía ni acercarme a tocarlo.
– Tumk, muy amablemente, me ha regalado una botella con alimento estelar intergaláctico, que es lo que hemos estado tomando hoy. A ti no te daré, porque me ha dicho que puede afectar el crecimiento de los niños –añadió, mientras dejaba la botella de nuevo en la mesa–. Pero Tumk ha traído algo para ti.
Miré con cierto recelo al acompañante de mi padre. Pese a que el disfraz (aún mantenía la hipótesis del disfraz) tenía unos pies tan grandes como las aletas que lucía mi padre, Tumk caminó hasta mí con soberana soltura.
Alargó su brazo y abrió delante de mí su mano de tres dedos (¡tres dedos!). Sobre la palma de ésta reposaba una piedra irregular, de color negro, con pequeños y profundos surcos de los que surgía una luz verde muy peculiar. Volteó su mano y dejó la piedra en la mía. Cada vez me cuadraba menos la teoría del disfraz, aunque el hecho de que mi padre estaba ebrio era irrefutable.
– ¿Y porqué no habla?
– Sí que habla, nena.
Tumk abrió la boca, casi imperceptible bajo aquella especie de trompeta verde que destacaba en su cara, y emitió un sonido. Un sonido estridente, agudo, intermitente…
Me di la vuelta, alargué el brazo y apagué el siempre odiado despertador. Rezongué unos segundos más en mi cama. Todo había sido un sueño.
Un ligero brillo verde llamó mi atención. Sobre la mesita de noche se encontraba la piedra que Tumk me había dado.
Quizá no había sido un sueño, al fin y al cabo.

2 comentarios:

  1. Hola!!
    estaba dándome una vuelta por el foro y estaba en el post ese de vuelstras paginas y digo voy a echar un vistazo a los blogs que hoy estoy blogera (??? xD) y me he venido a ver a nakkie ^^

    Sabes que me encanta como escribes
    es un don que dios te ha dado

    pasalo bien!! un beso!!

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  2. O-o q paranoia,siguela haz q la niña vuelva a quedarse sobada! XD

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