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miércoles, 11 de marzo de 2009

Saltando al abismo

Esta historia está inspirada en la canción de “Ella baila sola”, Lo echamos a suerte. La he escuchado en la radio y me ha hecho pensar, y así surgió esta idea. Espero que os guste.
http://www.youtube.com/watch?v=qspTF_ArLGY&feature=related
Era la única que me faltaba por compartir a través del blog ^^ La escribí hace un añito, más o menos...

Saltando al abismo

Eran las nueve y media de la noche de un viernes cualquiera. Acababa de dejar al niño, al que cuidaba desde hacía dos años, en casa de sus abuelos. Fabio estaba en la calle, al lado del portal, apoyado en la pared, con los brazos cruzados y mirando al suelo. Llevábamos seis meses juntos, y la rutina envolvía nuestras vidas o, como mínimo, la mía.
Estudiar, el canguro y quedar con él de vez en cuando, cuando no estaba demasiado ocupado trabajando… Ya me había acostumbrado a verlo, como mucho, una vez a la semana. Podía pasarse dos, o incluso tres semanas, manteniendo conmigo una relación solo a través del teléfono, cosa que tenía delito, ya que vivíamos a dos calles de distancia. Solo a dos calles, que podía venir a verme de vez en cuando, aunque fuera solo durante cinco minutos, solo para decirme que me quería.
Al traspasar el umbral, el aire jugueteó con la falda de mi largo vestido negro. Fabio alzó la mirada, clavando sus fríos ojos de color miel en los míos, y esbozó una pequeña sonrisa, seguramente, más por costumbre que por alegría. La verdad es que no era atractivo. Era alto, moreno y musculoso, pero las facciones de su rostro no eran nada agraciadas, exceptuando sus ojos.
Le di un corto beso en los labios y empezamos a andar, sin siquiera cogernos de la mano. Aunque yo era muy efusiva y demostraba mi cariño a todo el mundo con abrazos, besos, mimos y caricias, él se agobiaba con facilidad. Las muestras de cariño las racionaba con cuentagotas.
– ¿Dónde vamos a cenar?
– No sé. ¿Vamos al chino?
– Vale…
Estupendo, al chino otra vez. Si no íbamos al chino, íbamos al Mexicano de la Maquinista. Era tan predecible… Supongo que hoy no le apetecía coger el coche.
Comenzamos a bajar la calle.
– Y… ¿qué tal el día? –pregunté. La verdad, no me interesaba mucho su trabajo, pero tampoco me apetecía pasarme veinte minutos en silencio.
Empezó a hablar de su día, de las anécdotas con sus compañeros, que hoy le habían dado un extra de la paga…
– ¿En serio? –le corté, sonriendo–. Bien, hoy invitas tú.
– ¡Qué morro tienes, peque!
– ¿Yo? ¡Qué va!
Me hice la inocente. No se podía comparar mi sueldo como canguro con el suyo, que era más del doble, puede que incluso el triple que el mío. De vez en cuando pagaba yo, o lo pagábamos a medias, pero si acababa de cobrar, bien se podía gastar algo en su novia, a la que aseguraba que quería.
Llegamos al restaurante, y la camarera nos sentó en nuestra mesa de siempre. Fabio apenas miró la carta, siempre pedía lo mismo, pero yo dediqué toda mi atención a los platos escritos en el menú. Me encantaba probar cosas diferentes, y solía escoger aquellas que tenían el nombre más raro. A base de experimentos había descubierto que me encantaba el Xiao Lon Pao.
Durante la cena estuvo pendiente del partido, que se retransmitía en una televisión a mis espaldas. Yo me daba cuenta. Le miraba y no me veía el resto de mi vida a su lado. Pero le quería, y aquello era algo que pesaba mucho. Es difícil tomar ciertas decisiones.
Al salir del restaurante, Fabio pasó su mano por mi cintura, acercándome a él. Apoyé mi cabeza en su hombro y le abracé, aprovechando uno de los escasos momentos en los que le daba por mimarme. Cruzamos la calle y nos detuvimos. Miré el edificio que se alzaba frente a nosotros. Era un hotel. Me separé de él.
– ¿Qué? ¿Preguntamos a ver si tienen habitaciones?
Antes de que siquiera tuviera la ocasión de abrir la boca para expresar mi opinión, él ya estaba dentro, hablando con la recepcionista, una mujer mayor de pelo corto y rubio teñido. Llegué a su altura justo en el momento en el que la mujer le devolvía la tarjeta de crédito a Fabio, acompañada de una llave de la que colgaba un pedazo de plástico con un número.
Me cogió de la mano y empezamos a subir las escaleras. Yo iba un escalón por detrás de él. La verdad es que no me apetecía nada, pero también sabía que en el momento en que empezara a tocarme yo le correspondería, esperando, quizá, experimentar alguna nueva sensación. El sexo se había llegado a convertir en algo aburrido, algo que formaba parte de la monotonía de la relación. Quedar, cenar, ir al cine de vez en cuando y echar un polvo. Punto.
Al traspasar la puerta se giró hacía mí, apoyándome contra la puerta, cerrándola, mientras me besaba con furia. Yo enlacé mis brazos alrededor de su cuello en una reacción instintiva mientras él, con sus brazos bajando por mi espalda, me apretaba contra su cuerpo. Llegó dónde la espalda pierde su buen nombre. Me sujetó con fuerza, levantándome del suelo y tumbándome bruscamente sobre la cama. Hacía ya mucho tiempo que conmigo no se andaba con lindezas.
Me besó el cuello, bajando hasta el escote de mi vestido. Empecé a respirar de forma entrecortada e irregular. Bajó la cremallera. Deslizó rápidamente sus manos hasta mis piernas, subiendo la falda de mi vestido hasta que éste se desprendió por completo de mi cuerpo. Lo arrojó al suelo mientras yo me quitaba las sandalias con un rápido movimiento.
Rodamos sobre la cama. Me senté a horcajadas encima suyo. Fabio se medio sentó y le quité la camiseta negra. Le besé de nuevo en los labios para luego empezar a descender por su cuello, su pecho, su abdomen, su ombligo… Desabroché sus pantalones tejanos y empecé a bajárselos, pero él volvió a rodar, colocándose encima mío, y se los quitó con dos bruscas patadas.
En menos de dos segundos, nuestra ropa interior desapareció y nuestros cuerpos, totalmente desnudos se fundieron en uno solo. El silencio de la noche fue roto con nuestros jadeos y gemidos. Era una extraña sensación, tenerle tan cerca, tan dentro de mi ser y, sin embargo, sentirle tan lejos, como si nos separara un abismo de miles de kilómetros.
Sobre mí, Fabio paró. Me besó una última vez y se tumbó a mi lado, mirando al techo. Me apoyé en su pecho y puse mi brazo por encima suyo.
– Cariño, hace calor.
Fabio apartó mi brazo y se tumbó de lado, dándome la espalda.
No dije nada. Últimamente, siempre hacía lo mismo. Rodé hacia el lado opuesto de la cama, lo más alejada de él que me era posible, y me tumbé boca abajo. Le miré de reojo. ¿Cómo habíamos llegado a esto?
Recordaba como al principio me regalaba rosas, me venía a buscar a la facultad con su coche, me preguntaba qué me apetecía hacer. En el transcurso de medio año, todo había dado un giro de ciento ochenta grados. Y no me gustaba.
No me gustaba sentirme utilizada. No me gustaba tener que racionar el contacto físico. No me gustaba estar pendiente de si trabajaba o hacía horas extras, voluntarias, por supuesto. No me gustaba no ver a mi novio. No pedía estar junto a él cada maldito segundo del día, pero verle más a menudo, y no solo para follar, no estaría mal. ¿Acaso era pedir demasiado?
Pensaba en mis amigas y amigos, en sus relaciones con sus respectivas parejas. Algunos llevaban varios años juntos, y aun seguían irradiando amor cada vez que sus miradas se cruzaban.
Recordé los cuentos de hadas, De acuerdo, yo no era, ni mucho menos, una princesa encerrada en un castillo, así que no esperaba que un príncipe se acercase a mi galopando y me rescatase, pero tampoco merecía quedarme con el sapo.
Un leve ronquido me indicó que mi acompañante se había quedado profundamente dormido.
Él. Él, él, él y sólo él. Era en lo único en lo que pensaba.
¿Y yo qué? ¿Tanto costaba hacer un pequeño espacio en su cerebro para pensar un poco en mí?
Entonces tomé una decisión, una decisión que me quitó un peso de encima, un lastre que llevaba meses arrastrando. Me sentía ligera. Seguro que, en ese momento, hubiera sido capaz de volar como un ave.
Si yo era capaz de anteponerle a mis deseos, no me merecía menos que eso. Me merecía a alguien que también fuera capaz de tenerme un mínimo de consideración. Y Fabio era demasiado egoísta para mirar el mundo que se extendía más allá de su ombligo.
Me vestí en silencio. Abrí el mueble bar y saqué una Pepsi. Si había que pagarla, ya se apañaría él con su paga extra de hoy. Con la de horas de más que había trabajado, en un futuro se convertirá, sin duda, en el muerto más rico del cementerio, pero yo lo tenía claro. Prefiero a un vivo pobre que me quiera.
Deslicé mi anillo por el dedo pulgar y lo puse en la mesita de noche, al lado de su cabeza. Me acerqué a su oído y, sonriendo, le susurré:
– Hemos terminado.
– Vale…
No sabía si estaba despierto o aun permanecía dormido, pero su respuesta me hizo sonreír. No había nada por lo que luchar, y yo sería libre de nuevo. Dejaba atrás al primer amor, y me disponía a saltar al abismo de lo desconocido, pero no tenía miedo, porque estaba segura que el destino me deparaba algo mejor.
Salí de la habitación sin mirar atrás, con una sonrisa que hacía iluminar todo mi rostro. Una sonrisa que hacía casi medio año que no esbozaba.

Fin


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