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lunes, 4 de mayo de 2009

Bajo la lluvia

Cynthia caminaba sola por la calle. Apenas había luz natural, pues las nubes encapotaban el cielo desde hacía un buen rato, descargando la lluvia en un constante chirimiri.
Cynthia no llevaba paraguas, ni chubasquero, ni siquiera un triste periódico con el que protegerse la cabeza. Pero no le importaba, porque las nubes lloraban por ella.
La última semana la había dejado totalmente exhausta. Su padre volvía aestar ingresado, y por más que lo deseara, no podía coger un avión e ir a verleporque estaba totalmente ligada a su trabajo, su única fuente de ingresos, la que le daba de comer y le pagaba la hipoteca de su casa.
Su casa. Aquel lugar que siempre se le antojaba como una acogedora guarida, un pequeño rincón donde estaba protegida del mundo, ahora le resultaba aterradora. No quería estar sola esa noche. Sabía con quien quería estar, pero las cosas no iban bien entre ellos últimamente.
Se apoyó en una farola, alzó la mirada hacía el incesante cielo goteante y suspiró. Y en ese momento, mientras las gotas de lluvia resbalaban por su cara, permitió que el corazón le ganara el pulso a la razón.
Se secó la mano sin mucho éxito en la chaqueta empapada y buscó su movil en el bolso. Marcó su número.
Un tono. Dos. Tres.
Estaba a punto de colgar, porque sabía que al cuarto tono saltaría el contestador, cuando escuchó su voz.
- ¿Sí?
- Ian... Soy Cynthia. ¿Te podría pedir un favor?
- Lo que sea, princesa.
- ¿Puedo pasar esta noche en tu casa?
Silencio.
- ... Claro...
- Gracias.
Cynthia guardó el teléfono y caminó en dirección a la casa de Ian. Un camino que había recorrido cientos de ocasiones. Tras diez minutos caminando sin detenerse bajo la incansable lluvia, llamó al portero automático del portal de un antiguo edificio. Ian ni siquiera preguntó quién era y abrió la puerta. Cynthia subió los escalones, sin importarle el caminito de charcos que dejaba a su paso. Al llegar al rellano, Ian le esperaba en la puerta de su piso.
- ¡Cynthia!
Al verla aparecer empapada de pies a cabeza, su corazón le dió un vuelco.
- Hola, cariño.
Ella le saludó con un beso corto en los labios, sin immutarse siquiera por la expresión de su rostro.
- Anda, entra y secate. Te dejaré algo de ropa.
- Gracias.
Cynthia entró en el cuarto de baño, sin cerrar la puerta tras ella, y se quitó la chaqueta y los zapatos. Se deshizo de la coleta y ahuecó el pelo para que empezara a secarse. Ian entró en el baño y le dejó ropa limpia y una toalla. Salió cerrando la puerta tras él y entró en la cocina para prepararle algo caliente a Cynthia.
Mientras tanto, ella se quitó toda la ropa empapada y se secó entera. Se puso la camiseta que Ian le había prestado. Le quedaba grande, como un vestido corto, así que no se puso sus pantalones. Colgó la ropa de la barra de la ducha y se dirigió a la habitación de Ian. Se sentó en la cama, abrazándose a sus piernas.
Ian salió de la cocina. Se asomó al cuarto de baño, que descubrió vacío y oscuro.
– ¿Cynthia?
– Aquí.
Ian se dirigió a su habitación, donde encontró a Cynthia sentada en la cama, abrazada a sí misma y con la mirada perdida. Conocía, muy a su pesar, demasiado bien esa expresión. Se sentó junto a ella y la rodeó con el brazo. Ella ni siquiera se movió, era como una perfecta estatua. Odiaba verla triste. Estaba demasiado acostumbrado a su expresión dulce y jovial, y ver su rostro sin una sonrisa que lo iluminase le partía el alma. Todo estaba en silencio, excepto por el constante goteo de la lluvia.
La abrazó con más fuerza, con los dos brazos, y ella se amoldó a su cuerpo. Se sentó en su regazo y se abrazó a su cuello, ocultando su rostro en su pecho.
– ¿Qué ha pasado?
Cynthia apretó los labios, y negó con la cabeza. Ian no insistió. Sabía que si se negaba a hablar era porque las palabras iban acompañadas de lágrimas. Y ella odiaba llorar. Y odiaba aún más que alguien la viese llorando. Así que simplemente la abrazó con fuerza, mientras le acariciaba la espalda de forma constante, desde su melena húmeda hasta la cintura, una, y otra, y otra vez.
La lluvia repiqueteaba cada vez más fuerte en el cristal de la puerta del balconcillo.
– Cynthia, ¿hay algo que pueda hacer? –susurró.
– Solo abrázame fuerte y deja que llueva…


Y cuando quieras que yo te quiera, deja que llueva...

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