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martes, 28 de julio de 2009

Cuéntame un cuento (2)


Lídia esperaba ansiosa en el sofá, tamborileando el pie en el suelo, a que su abuela Alicia saliera de la cocina. Sabía perfectamente que, después de fregar los platos, ella le explicaría una historia. Le encantaba escuchar el sonido suave de su voz empapándola de sabiduria. Poco le importaba ser demasiado mayor para escuchar cuentos. Éste era su momento especial, una especie de rito que abuela y nieta habían mantenido durante años.
Finalmente salió de la cocina una mujer de pelo castaño rizado, ojos azules y expresión jovial, que se sentó al lado de su nieta, que recién había cumplido la mayoría de edad, y con la que gozaba conversando durante horas y horas.
- ¿Qué me vas a explicar hoy, abuela?
- No lo sé, cielo, esta pobre cabecita mia ya no es la que era, y no quiero contarte historias que ya conoces. Para una oyente fiel que tengo, mi último deseo es aburrirla.
- Pues... cuentame algo que no me hayas contado nunca, algo que no le hayas contado a nadie jamás.
- Algo que no haya contado a nadie... -Alicia se quedó pensativa un buen rato, hasta que finalmente decidió-. Está bien, te contaré una historía que no sabe ni tu abuelo, pero debes hacerme una promesa.
- ¿Cúal? -preguntó automáticamente Lidia, más ansiosa, si cabe, de lo que estaba hacía cinco minutos.
- No se lo podrás contar a nadie. Esto es algo que debe permanecer únicamente entre tú y yo.
- Te lo prometo, mantendré el secreto.
Los ojitos castaños de Lidia brillaban intensamente, presos de la emoción y el misterio del momento. Alicia apartó la mirada de su nieta y observó el vacio, volviendo a algún momento de su pasado.
- Cuando yo era jovencita... debía tener tu edad, conocí a un muchacho. Era alto, castaño, de ojos de color miel, bastante resultón, la verdad. Fue mi primer novio, y mi primer amor. Estuvimos juntos algunos meses, nos veiamos de vez en cuando, aunque nunca llegó a presentarme a sus amigos, ni a su familia. Pero yo le excusaba, pensaba que con el tiempo, todo llegaría. Vivíamos a un par de calles de distancia, pero quedábamos poquito. En una ocasión, pasé tres semanas sin saber nada de él. Y de repente, un buen día, sin saber porqué, me dejó. Y yo me derrumbé. Creí que no volvería a estar con nadie, que había hecho algo mal...
Alicia se calló, aun con la mirada perdida en algún momento poco agradable de su pasado. Lídia le cogió de la mano, y su abuela salió del trance en el que estaba sumida. Giró la cabeza y sonrió a su nieta.
- ¿Y qué pasó?
- El tiempo. Lo que pasó fue el tiempo. Y con el tiempo me dí cuenta de lo idiota que había sido. Resulta que ese chico no solo estaba saliendo conmigo, tenía a otras. Y no contento con eso, frecuentaba a... cómo te lo diría... Era amigo de las mujeres de la vida alegre, ¿sabes a lo que me refiero? -Lídia asintió-. Bien. Pero como ya te he dicho, pasó el tiempo, y me dí cuenta de que no merecía la pena llorar por semejante cretino. Y entonces conocí a tu abuelo, que me trató como a una reina. Y aunque el otro muchacho me siguiera rondando, sobretodo cuando se enteró de que estaba con otro, ya no me importaba, porque comprendí que, si bien hay hombres que no saben valorar a las mujeres, hay otros que saben cómo tratarlas, y encontrar y conseguir el amor de uno de esos hombres no tiene precio, y merece la pena pasar penurias si así vas a lograr apreciar lo bueno de la vida.
Nieta y abuela se mirarón fijamente a los ojos, compartiendo las miles de preguntas no formuladas de Lídia guardaba en su interior, hasta que, finalmente, formuló la que creia que era más importante.
- Si nadie conoce esta historia, ¿porqué te has decidido a contármela?
- Porque, si bien a veces es bueno recorrer el camino más dificultoso y doloroso, en muchas ocasiones, este camino es evitable, y quiero que tú seas capaz de preveerlo y esquivarlo.

Moraleja del cuento: atiende a las palabras de los mayores.



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Se lo dedico a Alex, mi cosa, porque no sabe hasta qué punto nos parecemos. Afortunadamente, lo que sí sabe es que siempre, SIEMPRE, siempre, va a tenerme a su lado.
Al imbécil, porqué no, porque él me ha hecho ser como soy ahora.
Y a Sei, por ser el príncipe que me ha devuelto la ilusión.